Estaba
encerrada en una sala de la cual no podía escapar.
Intenté
tirar la puerta abajo, pero no podía. Esa puerta era demasiado
resistente, ni con mis implantes podía abrir la puerta.
De
repente del techo apareció un objeto reluciente que emitía una luz
cegadora. Entonces me di cuenta de que ese objeto era radiactivo así
que me aparté tanto como pude de él y empecé a gritar.
Estaba
muy preocupada y me arrepentía de haber roto el hechizo a Keyko ya
que como consecuencia estaba allí y ahora seguramente mutaría.
Entonces
oí a Keyko que acababa con los mutantes que vigilaban mi celda y
invocaba a una runa para abrir la puerta. Cuando la puerta cayó
desplomada en el suelo fue la primera vez en que me alegré de que
existiera la magia.
Me
sentía mal con migo misma ya que por mi culpa nos raptaron unos
mutantes a Keyko, a Adam y a mí. Pero de repente recordé que la
magia es una cosa mala y oscura, por lo tanto no me tenía que
disculpar, en todo caso se tendría que disculpar ella por haber
realizado magia cuando la advertí de que no lo hiciera.
A
medida que íbamos avanzando por los Páramos me sentía cada vez más
rara y eso no me hacía ninguna gracia, ya que había estado cerca
de un material radioactivo. Pensé que no sería buena idea explicar
los hechos al grupo, ya que no quería ser el centro de atención ni
que se preocuparan por ella.
Un
día descubrí en mi brazo una mancha de color azul. Cuando lo vi
creía que algo se me había pegado pero cuando descubrí que era el
principio de la mutación, me entró el pánico y me puse a llorar.
No podía ser, esa mutación sólo le llevaría tristeza y soledad,
no podría continuar en la Hermandad del Ojo y viviría en los
Páramos con los otros mutantes. Entonces me di cuenta de que si no
hubiera interrumpido el hechizo de Keyko, seguramente no tendía esa
mutación, por eso pensé que debería empezar a aceptar la magia.
Además pensé que seguramente sería la única opción de curar mi
mutación. Entonces me dí cuenta de que
la
magia me estaba cambiando mi forma de pensar y eso no podía ser.
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